| León, Guanajuato. México. 1 de February de 2026 |
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Juan Carlos Talavera / Gaspar Romero - 2015-09-18 05:54:20 Letras y Arte Tuxtla Gutiérrez - Miguel de Cervantes, Benito Pérez Galdós y el Popol Vuh fueron los tres pilares literarios del narrador y poeta chiapaneco Eraclio Zepeda (1937-2015), quien falleció la madrugada de ayer a los 78 años, a causa de un paro respiratorio en un hospital privado de Tuxtla Gutiérrez, donde permaneció poco más de una semana, detalló a Excélsior Manuel Zepeda, hermano del autor y catedrático por la Universidad Veracruzana. Explicó que los restos del poeta, escritor, revolucionario y cuentero, serán inhumados la mañana de hoy viernes, en el panteón municipal, luego de que el titular del Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa, anunciara que, por instrucción del presidente Enrique Peña Nieto y de acuerdo con la familia del autor, se realizará un homenaje póstumo en noviembre próximo en el Palacio de Bellas Artes, al cual se sumaría la Academia Mexicana de la Lengua (AML). Además, adelantó que en los próximos meses se abrirá el Centro de Estudios “Eraclio Zepeda”, en Tuxtla Gutiérrez, en donde se instalará su biblioteca. Eraclio Zepeda fue narrador y poeta desde los 10 años, cuando publicó sus primeros textos en el periódico Alma infantil, el cual le sirvió de arranque para una extensa obra que hoy es vista como un gran poema épico, dotado de una voz perfectamente ubicable en la geografía chiapaneca, que a la postre lo llevaría a alcanzar la universalidad. Sus amigos lo recuerdan como un narrador oral que hizo de la palabra una suerte de boxeo entre las sombras, un luchador social que nunca descuidó sus estudios por la arqueología chiapaneca y la tradición indígena, un hombre que pensó en la política como una posibilidad de cambio real. Integrante del legendario grupo La espiga amotinada en 1957, junto con los poetas Juan Bañuelos, Óscar Oliva, Jaime Labastida y Jaime Augusto Shelley, fue miembro correspondiente de Chiapas en la Academia Mexicana de la Lengua (AML), desde 2012, y recibió premios como el Xavier Villaurrutia, la Medalla Belisario Domínguez y el Nacional de Ciencias y Artes en el campo de Lingüística y Literatura. A unas horas del deceso, la poeta y académica de profesión, Elva Macías —hoy viuda de Eraclio Zepeda— dijo a este corresponsal que “la situación es muy difícil”, así que se negó a responder preguntas. “No puedo hablar ahora de él porque está muy reciente. Lo único que puedo decir es que ha dejado un material inédito; vamos a publicar un nuevo libro y vamos a rescatar todo lo que haya dejado para que por lo menos lo sigan leyendo un ratito más”, dijo para luego refugiarse en el ataúd donde reposaban los restos del autor chiapaneco. Por su parte, Manuel Zepeda, catedrático de la Universidad Veracruzana, hizo un breve comentario: “Mi hermano no sufrió, pero no quiero seguir hablando porque voy a llorar; elogiar en boca propia es vituperio”, apuntó. Al paso de las horas, el velatorio se llenó de flores y amistades, como Roberto Domínguez Castellanos, rector y catedrático por la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (Unicach), quien definió al autor de Las grandes lluvias como un hombre de letras y calificó su deceso como una sorpresa, aunque destacó su gran legado literario, sus acciones revolucionarias y sus enseñanzas como profesor de tiempo completo en esta casa de estudios. POLÍTICO Y VIAJERO Uno de sus compañeros de tinta más cercanos fue el poeta Óscar Oliva, quien recordó a Excélsior que su aventura literaria comenzó desde la instrucción primaria. “Juntos cursamos los seis años en la escuela Camilo Pintado, de Tuxtla Gutiérrez, pero después vinieron sus iniciativas como periodista y cuentista, hasta que Laco construyó sus primeras narraciones y poemas con la base de lo que es Chiapas para él”. Destacó que Zepeda conoció y recorrió cada rincón de Chiapas, aunado a que fue un profundo estudioso de la arqueología chiapaneca, de los libros de antropología, geografía y la biografía de los chiapanecos ilustres. “Fue un gran lector de todos estos libros, sin descuidar los grandes maestros de la creación literaria porque él provenía esencialmente de Cervantes, de Pérez Galdós y el Popol Vuh. Fui testigo del crecimiento que tuvo su literatura, cuyo portento estuvo en que nunca desanduvo el camino que se trazó desde niño”, dijo vía telefónica. Además, destacó sus viajes por el mundo. “Él hizo el camino de Marco Polo y recorrió todos los desiertos, llegó hasta la muralla China y caminó por la inmensa Unión Soviética… pero también conoció todo nuestro país. Fue un ser profundamente chiapaneco que alcanzó la universalidad; estoy seguro que si Laco hubiera nacido en otra parte de México, tal vez su literatura no hubiera alcanzado tal magnitud”. Sobre su faceta como político y luchador social, Oliva aseguró que en algunos momentos discutieron sobre las distintas posibilidades del cambio social y político para México. “Y Laco, por supuesto, fue un hombre abierto a los distintos caminos. Por eso eligió caminos que pensaba necesarios para llegar a los cambios y optó por el camino de la política directa”. De ahí que primero formara parte del Partido Comunista Mexicano, del que fue militante entre 1969 y 1981, más tarde cofundador del Partido Socialista Unificado de México, candidato presidencial, diputado federal por el PSUM en la LIII Legislatura del Congreso de la Unión. Más tarde se integró al Partido de la Revolución Democrática (PRD) y colaboró como secretario de Gobierno de Chiapas, durante los gobiernos priistas de Eduardo Robledo Rincón y Julio César Ruiz. “Sin embargo, Laco ha sido fundamentalmente su literatura escrita, sin dejar de lado su habilidad como cuentista oral —al nivel de Juan de la Cabada—, que utilizaba como una especie de precalentamiento o un boxeo de sombra que le permitió construir su gran narrativa”, apuntó. Por último, el autor de La voz desbocada y Estado de sitio expresó que para los lectores que aún no se han abierto paso en las letras de Zepeda, lo ideal es arrancar con Benzulul, “un libro de cuentos muy fresco que escribió cuando sólo tenía 21 años”. Entonces corría el año de 1957, cuando Laco, Jaime Augusto Shelley y Oliva vivían en la misma casa, atrás de la Catedral de San Cristóbal, donde leían su obra e intercambiaban puntos de vista. “Él escribía Benzulul en ese tiempo y cada que terminaba un cuento pegaba un grito y nos llamaba para leernos lo que había concluido”. LA VERSIÓN ORAL Por su parte, el poeta y académico de la lengua Jaime Labastida, miembro del mismo grupo, detalló que los restos mortales del escritor mexicano se quedarán en Chiapas, pero aseguró que en los próximos días se organizará un homenaje en la AML. “A él me unió una amistad de 60 años. Nos conocimos en la preparatoria desde que éramos estudiantes y, aunque tuvimos diferencias, eso jamás alteró nuestra relación de cariño y amistad. No puedo decirle cuánto me duele su deceso.” Recordó que Zepeda siempre se autodefinió como un cuentero, antes que como cuentista. Fue un personaje con un extraordinario sentido del humor, con una gran capacidad de improvisación que le permitía modificar sus cuentos cuando los relataba. “Cada uno de sus cuentos siempre tuvo una versión oral, la cual modificaba a medida que cambiaba su contexto y el públicos al que se dirigía, hasta llevarlo a la escritura. Sin embargo, Eraclio fue en esencia un narrador y un cuentero que vamos a extrañar”. Y destacó que desde su primer libro de cuentos reveló la dimensión de los temas fundamentales que siempre lo ocuparon, como: Chiapas, los indígenas, los campesinos y la actitud de valentía del hombre ante la muerte. “¡Todo eso está ahí! Pero también destacaría lo que escribió hacia el final de su vida, esa recreación de la historia de Chiapas a partir de los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego”, que aparecen en libros como Las grandes lluvias, Tocar el fuego, Sobre esta tierra y Viento del siglo. “No tuve oportunidad de hablar con él en los últimos años, sólo vía telefónica, pero el martes pasado su esposa me dijo que estaba recluido en el hospital, pero que hoy saldría. Los médicos estaban muy optimistas…”, concluyó. Asimismo, a lo largo del día las muestras de afecto y los comentarios sobre el autor chiapaneco no se hicieron esperar en las redes sociales, como fue el caso de funcionarios como Aurelio Nuño y Jesús Zambrano y de escritores como Mónica Lavín, Armando González Torres y Pedro Ángel Palou, quien le dedicó las siguientes líneas: “Conocí al gran Laco cuando yo empezaba a escribir. Viajamos juntos a Monterrey en 1986. Le pedí en 1989 que presentara mi primer libro y lo hizo con la generosidad que le caracterizaba. Lo leí con pasión, lo escuché con asombro y admiración siempre, era un cuentero en la más hermosa tradición oral. Le extraño ya, lo extrañaremos mucho todos”. Por su parte, Rafael Tovar y de Teresa, titular de Conaculta, aseguró que se preparará un homenaje conjunto con el gobierno de Chiapas, al que se sumará la comunidad intelectual y la familia del autor. EL MUCHACHO FUERTE Eraclio Zepeda nació el 24 de marzo de 1937. Escribió poesía, novela, cuento, literatura infantil. También fue actor, promotor cultural, profesor, militante político y autor de libros como Los soles de la noche (en La espiga amotinada, 1960), Ásela (1962), Elegía a Rubén Jaramillo (1962), Compañía de combate (1963) y Relación de travesía (en Ocupación de la palabra, 1965). Alternó la literatura con la docencia en México, Cuba, la Unión Soviética, China y Estados Unidos, fue comentarista de radio y también autor de Benzulul (1960), El tiempo y el agua (1960), Asalto nocturno (1975) y Viento de siglo (2014). En una reciente entrevista con la reportera Virginia Bautista (Excélsior 28/10/2014), Eraclio Zepeda destacó de su oficio narrativo el gusto por la oralidad y se autodefinió como un escritor viajero que jugó un partido de futbol con el mítico Ernesto Che Guevara y un soldado durante la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba (1961), al lado de Fidel Castro. Amigo del poeta Roque Dalton, profesor en Pekín y corresponsal cinco años en Moscú, destacó algunos episodios clave de su vida y los revivió complementados con onomatopeyas y ademanes. “Fui un muchacho fuerte, con energía, sabía que no había un lugar en la Tierra que no pudiera visitar. Estuve en África, en Ecuador, el Polo Norte y en los grandes desiertos del Asia Central, en Siberia; recorrí la Ruta de la Seda y conocí el Tíbet, Letonia, Lituania, Estonia, Uzbekistán, Bujara, Samarkanda y la Selva Lacandona”. Con información de Virginia Bautista EL GRAN LACO Hoy escribo con el corazón quebrado. La primera ocasión que lo vi fue en una feria del libro. Yo caminaba por los pasillos cuando caí atrapado, fui otra gozosa víctima de su inigualable don. Porque eso era, un don. Él contaba un cuento, la audiencia estaba absorta, prisionera de una trama siempre sorpresiva. Contaba con una gracia y vehemencia, con un cuidado de las palabras y los acentos, con enorme dominio de los silencios, con un conocimiento de sus gestos, que era imposible no caer en las redes de sus encantos. Yo había leído su embrujante poesía, quizá Ocupación de la palabra o alguno de sus cuentos —¿Benzulul?— tejidos con misterio y total precisión. El poeta siempre escribió para ser escuchado. Aquel día sólo nos liberó al poner el punto final a su relato. Pasó a regalar autógrafos a muchos jóvenes que se acercaron con esa sonrisa que aparecía debajo de su enorme bigote. Esa era una de su facetas más luminosas, la de cuentero. Poco tiempo después la vida me dio el privilegio de toparme con él en una reunión de escritores. Sus ojos oscuros con cierta picardía iluminaban el sitio. Allí recibí sin más uno de sus insuperables abrazos. Fue una noche larga invadida de las apasionantes anécdotas que Eraclio contaba. Esa noche lo explicó. El cuentero ensaya incansable una y otra vez la narración a través de la palabra oral. Mira reacciones, pule buscando la perfección narrativa. El día que cree alcanzarla, esa era su disciplina, el cuento pasa a la tinta para nunca regresar a la boca. Muy inteligente y astuto, irradiaba sin embargo siempre una bonhomía desbordante. Ese hombre era querible, ese atributo extraño que provoca sed por conocer más de ese ser humano con el que de inmediato se trenza una querencia. Porque hay inteligentes odiosos o cultos odiosos, pero Laco era generosidad todo él. Derramaba cariño. Era un “alma bella” como dirían los románticos del XIX. Hombre de izquierda auténtica, Laco y su compañera de vida Elva Macías —a quien secuestró por amor— vivieron en China y en la URSS. Eraclio tuvo formación militar, conocía de armas y estuvo en Cuba en calidad de miliciano, dispuesto a defender el derecho de ese pueblo a trazar el rumbo de su historia. La vida nos fue uniendo cada vez más porque Laco amaba la literatura, pero amaba más la vida. Su mente estaba abierta a todo, árboles, vacas, geografía o las delicadezas de la comida. Era un gran viajero que aprovechaba cualquier ruta por tierra, mar o aire para observar. Una noche, rodeados de saraguatos, comenzó a rugir entre ellos. Estoy cierto que los confundió. Su capacidad histriónica era tal que lo llevó a representar a Villa en varias ocasiones. Hace un par de décadas terminamos aislados en el norte de Suecia en un encuentro entre escritores mexicanos y suecos fomentado por un embajador sueco que venía en dos partes. Tenía una prótesis en un brazo con vida propia. Compartimos recámara. Terminamos viendo vacas después de huir de los laberintos mentales de nuestros anfitriones. Pero por más lejana que fuera su localización su corazón siempre estaba en Chiapas, su terruño. Conocía su compleja historia como pocos, de ahí surgió la tetralogía que tomó a la lluvia, al fuego, a la tierra y al viento como ejes. Publicada por el FCE esa obra es un referente obligado. El estudio está más allá de la historia, en ella hay antropología, filosofía y una gran capacidad para descubrir eso que llamamos la condición humana. Ese amor por Chiapas lo llevó a entregarse en cuerpo y alma —después del levantamiento zapatista— a su estado. Desde la Secretaría de Gobierno trató de construir puentes y negociar las veinticuatro horas del día. Su partido en ese momento, el PRD, le recriminó el hecho de colaborar con un priista y lo enjuició en un acto vergonzoso. Zepeda renunció conducido por esa dignidad que siempre guió su vida. Pero por las venas de este gran personaje —que por fortuna recibió la Medalla Belisario Domínguez y el Premio Nacional de Ciencias y Artes— fluía una notable sencillez. Uno se olvidaba de estar frente a esa brillante y polifacética pluma que platicaba de todo y de nada. Siguiendo la consigna de su gran amigo Jaime Sabines sabía mandarse a sí mismo a la ch... Siempre informado de su país defendió sin concesiones la vía pacífica y la democracia. Las armas sólo se justifican cuando no hay libertad. Por eso se convirtió —una vez más— en una conciencia incómoda pues él, que sí conoció los fusiles, sabía de sus limitaciones y exigía que éstos fueran enterrados lo antes posible. La violencia provoca más violencia, advertía. Hace un par de semanas comimos en casa con amigos. Los silencios lo visitaban cada vez más acompañados de una paz interior muy profunda. Sonreía. Te quiero mucho, me dijo al despedirse y quedamos de vernos pronto. Eso está pendiente, mi querido Laco, pero habremos de cumplirlo. Te extraño, tu simple existencia era un motivo de vida. Tu ausencia ya me duele.
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